No más catorces.

Querido tú:

Hoy, otro catorce de febrero más, estoy sentada en una cafetería cualquiera en la que los corazones adornan la puerta, las mesas e incluso el café, y sé que de ser un día normal te hubiera dicho que este día es un engaño, que no se debe demostrar el amor un solo día al año.  Toda esta demostración del amor es demasiado incluso para mí.
Yo no estaba preparada para un amor de algodón de azúcar, para un amor sacado de Disney. Yo no buscaba a ese alguien que me llevara café y una rosa a la cama los domingos, no buscaba un príncipe azul; pero te encontré a ti.
Encontré nuestro amor.
Y me niego a pensar que nuestro amor es de "vivieron felices y comieron perdices", nuestro amor no dura unas horas con palomitas en un cine; nuestro amor es cotidiano.
Me gusta preguntarte "¿Me traes café?", que me respondas "Si quieres café te lo haces tú, vaga" y que luego me quites mi taza mientras me dices "Mi favorito, gracias mi amor".
Nuestro amor no es bonito, y sí, puedo confesarlo abiertamente, porque nuestro amor no es un mito, no es fugaz; nuestro amor es nuestro y de nadie más. Significa decirnos lo que nos queremos a gritos, entre imbéciles, idiotas y toda cantidad de insultos. Merece que nos digamos las cosas a la cara, las buenas, pero sobretodo las malas.
Nuestro amor, oh, nuestro amor.  Pasan las horas, las semanas, los meses y sin embargo cada día te quiero más. Luchamos contra cielo, tierra, personas, mareas... y aun así nos besamos todos los treinta y uno de diciembre a las doce de la noche como si no hubiera mañana, y no lo hay. El amor se debe vivir al límite; no buscaba nada de lo que todas las chicas pedían, encontré algo mejor, tú. No eras un príncipe, ni azul ni de otro color, eras tú, con tus perfectas imperfecciones.
El café se ha enfriado, no me lo has quitado. Nunca recibí una rosa tuya, no sabes lo que su, tu, ausencia duele hoy. Nunca te dije de verdad lo que te quería, por mi parte tampoco hubo rosas; pero hoy, tras meses sin ti, voy a regalarte cientos de rosas, que florecerán cada año en el lugar donde ahora descansas, donde descansarás el resto de mi vida; la tuya, como el café, como esta carta, como nuestra historia, ha acabado. Dejando un sabor amargo, pero dulce; un sabor a ti, a nosotros.

La chica del café, que siempre te recordará como el chico que le quitaba el desayuno y le robó el corazón. 

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